LA CITA
Escrito por Barro
Ella se acercó al lugar que habían acordado, aún la luz del día no terminaba de extinguirse en el horizonte, tampoco la luz artificial se había conectado automáticamente en las calles produciendo tanto lo natural como lo imitado, un conato de atardecer enturbiado por ambos pero que le añadía al ambiente el toque magistral de la perfecta tarde de otoño.
Él debía haberse retrasado por algún motivo, siempre llegaba puntual a sus citas y por lo general siempre antes que ella.
Por ser la primera vez no le molesta en absoluto, y además no tiene ningún motivo para estarlo, cuando en la mayoría de las ocasiones él ha sido el que la ha tenido que esperar varios minutos antes de que ella llegase. Incluso en una oportunidad se presentó con casi media hora de retraso, y lo peor que recibió de su parte fue el mejor beso que jamás le había estampado. Sus labios estaban calientes, algo húmedos, que produjeron en ella una reacción tan inmediata que no salió de su parte ninguna excusa para disculparse.
Otras pocas parejas ya se han encontrado en el mismo lugar, y poco a poco se van dispersando en busca de otros lugares donde pasar sus ratos, sus tertulias, sus compras, sus besos y algún que otro arrebato.
En los minutos que pasan ella se distrae con el ir y venir de los niños corriendo de un lado para otro, soltándose de las manos de sus madres, que no pueden retenerlos mientras quieren ver tranquilamente los escaparates, o charlar con algún conocido con el que se paran para saludarse y contarse lo último desde la última vez que se vieron; con la pareja de policías haciendo el recorrido y saludando a los comerciantes del lugar, que les devuelven el saludo con una gran sonrisa producto de la tranquilidad y seguridad que ellos le transmiten; al fin de gentes que transitan casi como robots por la zona, completando la tarde para dar paso a la noche, y con ella un cambio de guardia que traerá otras gentes, otros deseos, y para muchos buscar el merecido descanso en sus hogares.
Ella empieza a impacientarse cuando ve que las campanas de la iglesia cercana hacen sonar el cuarto, pero no es para inquietarse; por un instante pensó que podría llamarlo por el móvil para averiguar si tenía algún problema, pero no quería tampoco comprometerlo y molestarlo, seguro llegaría pronto. Daría más tiempo, como aquella vez cuando fue ella la que se presentó más tarde y la recuerda como la del beso húmedo, caliente, inolvidable.
Recordar aquella vez le pone la carne de gallina y hasta una pequeña sonrisa le brotó de sus labios, justo cuando de pronto escucha su voz viniendo hacia ella.
- ¿Por qué sonríes?. Acaso me has visto llegar, por algún otro motivo seguro debe de ser.
Ella se abalanza sobre él y es la que esta vez toma la iniciativa con un beso todavía más ardiente, buscando comerse su labio inferior.
El beso demoró unos segundos, los suficientes para olvidar el retraso, enterrar disculpas y calentar el ambiente.
- Se ve que hay un verdadero amor y pasión real, de lo contrario les diría que se vayan rápido a su casa. Les dijo uno de los dos policías que volvían a pasar por el lugar sin soltar la mirada a la pareja.
Ni eso les perturbó.
- Déjales, no hacen daño a nadie. Respondió el otro policía a su compañero después de comprobar que ni se inmutaban.
Los dos no desenganchaban sus brazos alrededor de sus cuellos, no separaban sus bocas que estaban unidas en un beso permanente. Parecían formar un solo cuerpo, inmóvil, seguro.
- Mamá mira que beso se está dando esa pareja en la calle. Le decía un niño, quizá el último que pasará por ese lugar ese día, a su mamá.
- Déjales hijo, no recuerdo yo el último que me ha dado tu padre, si es que a los de él se les puede llamar así.
Mientras tanto, sonaban los dos cuartos en la misma iglesia y se iban cerrando las persianas de los comercios de la zona. En el del más próximo a la pareja el dueño, tras echar el último candado, se despide de sus dos empleados en la puerta como de costumbre, pero esta vez dirigiéndose hacia la pareja.
- Que tengan ustedes dos la mejor noche.
Tampoco se dieron por aludidos.
Y sí fue buena esa noche, la adornaron en un restaurante con una rica cena clausurada con un buen espumoso. Brindaron y se desearon ambos amor y felicidad para siempre; no faltó el detalle del camarero que un rato antes también los había visto, en su camino cotidiano en dirección al restaurante, abrazados y en un beso sin fin. Les trajo una tarta especial adornada con un gran corazón.
- Cortesía de la casa, aunque es la primera vez que el cocinero se atreve con el corazón. Nunca olvidaré su beso, y como ese le daré uno a mi querida esposa esta noche cuando vuelva a casa. Aunque esté dormida no se molestará porque el beso, como ese suyo, la reconfortará.
La pareja queda por unos instantes un poco perpleja por lo que les había dicho el simpático camarero, hasta el momento en que una fuerte risa brota de los dos enrojeciéndoles igualmente por lo incomodo de la situación.
- Muchas gracias, lo sentimos por lo del beso, no era nuestra intención incomodar a nadie y menos a usted. Exclamó ella con la cara completamente roja mirando a su pareja.
- No, no, todo lo contrario, ustedes rompieron la monotonía de mi paseo diario de mi casa al restaurante. Ojala y todos los días sean como el de hoy. Que disfruten el champagne, la tarta y el resto de la noche.
Cuando salieron del restaurante dieron un largo paseo por las calles de la zona donde el ambiente ya era más frío, poco movimiento llenaba el vacío que producía la cercanía de la madrugada, que será aún más fría.
Esa madrugada será recordada también por ellos como aquella donde unieron sus cuerpos como nunca, reconfirmándose amor y felicidad, y por primera vez fidelidad, para emprender juntos la senda de la vida.
Años después ambos recordarán esa segunda vez donde como nunca se unieron en un largo beso, en una noche de pasión y amor.
Unas pocas décadas después lo llevarán consigo, hasta que eso sobrevenga lo contarán sin pudor a sus hijos y nietos, a sus amigos, hasta incluso a algún que otro recién conocido.
En el libro de su historia común y particular destacará como única la página donde en un espontáneo lugar, que podría ser cualquiera, un beso ya repetido los había marcado para siempre.
Suenan los tres cuartos con las campanas de la iglesia cercana, cuando ella no tiene más remedio que llamarlo por el móvil, le parecía muy extraño el largo retraso, tampoco podía creer que había pasado tanto tiempo en aquel lugar, pacería como que acababa de llegar. Él tampoco la había llamado para decirle que se retrasaba.
Buscó en contactos para llamarlo desde ahí, demoró varios segundos porque empezaba a ponerse nerviosa, por fin dio con él y esperó el tono de la llamada. Después de algunos tonos escuchó el mensaje.
- Hola, si por casualidad no te he respondido es porque no existo. Llámame en otro momento.
Sonó la hora en punto con las campanas de la vieja iglesia cercana y replicaron muchos cuartos, medias y en punto más a lo largo del resto de la noche, de toda la larga madrugada.
Ella siguió en el lugar, esperando impaciente el segundo beso que la alejara de los fantasmas.
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Comentarios:
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20/02/2012
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Adri Delfini
Hace 88 días
Que tierna historia…abrazo
VMONTEMAYOR
Hace 88 días
Muy buen relato, Antonio, con final triste…Un abrazo.